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Un ejemplo de la verdadera humildad

Buenos Aires, 13 de marzo de 2018.

Jorge Bergoglio. El hombre del diálogo y la concordia que conocí y admiré. Por Daniel Goldman para Valores Religiosos.

 

Aunque suene un trabalenguas, quiero contar cosas que no las cuento porque me las hayan contaron sino que son de mi propia experiencia, sobre este hombre al que la vida me dio el privilegio de conocer y admirar.

Durante años, con un pequeño grupo nos reuníamos a almorzar una vez por mes. Amigos entrañables, gente querible. Rotábamos entre las casas de cada uno. Distintas religiones, diferentes visiones. Aunados en un profundo sentido de lo fraterno. El buen humor, la palabra sincera, el tono informal y la espiritualidad caracterizaban cada encuentro que se volvía una experiencia plena.

La primera vez que nos tocó reunirnos en casa, Jorge Bergoglio, uno de los participantes, me llamó por teléfono una hora antes, para preguntarme si el colectivo 151 lo dejaba cerca. No es un mito que uno podía cruzárselo en un transporte público. La humildad es intrínseca y característica en él y no solo porque es una persona de colectivo. Puedo asegurarles que no es de una humildad ficticia, es su modo de vida, y un ejemplo que señala una positiva actitud de apertura a la grandiosidad de sorprendernos y elevarnos dondequiera que lo podamos encontrar. Esa humildad implica que en cada oportunidad él nos hacía sentir su interés, su curiosidad y su compro- miso por nuestras ideas y valores.

La segunda virtud que quisiera destacar es su empeño por la concordia. Tanto a Guillermo Marcó y a Omar Abboud (por cierto, mis dos grandes hermanos del alma), un cura y un dirigente musulmán, nos insistía incansablemente: “Muchachos, sigan adelante, están haciendo lo que se debe hacer: mostrar a la sociedad argentina que cada uno, con sus propias características, puede brindar una referencia a la armonía, porque ‘’el todo’ es algo mucho mayor que la suma de las partes“.

Esas eran sus palabras. Y fue así, que bajo su inspiración, fundamos el Instituto de Diálogo Interreligioso. Nuestro gran maestro nos enseñó a los tres que propiciar la paz y el encuentro es imitatio Dei.

Y por último, su perseverancia por la construcción de un mundo más justo. El diálogo no es simplemente de “té y simpatía”. Francisco nos insta en cada encuentro que tenemos con él a “que salgamos de la falsa neutralidad que obstaculiza el compartir”, rompiendo las cadenas del egoísmo y la autosuficiencia. Este ejercicio no solamente se debe desplegar en los procesos personales, sino esencialmente en los sociales.

Por todo esto y mucho más, celebro con emoción estos cinco años de pontificado. Querido Francisco, rezo por vos.