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El Papa inaugura estatua del santo armenio Gregorio de Narek

Ciudad del Vaticano, 30 de marzo de 2018 (L'Osservatore Romano).

 

 

Se habían saludado delante del monte Ararat, en el monasterio de Khor Virap, liberando al cielo dos palomas en un vuelo de amistad, de fraternidad y de paz. Se han reencontrado en el Vaticano la mañana del jueves 5 de abril, en los jardines delante de la Gobernación, para la inauguración de la estatua de bronce de san Gregorio de Narek, gran heraldo de la solidaridad universal. El Papa Francisco y Karekin II, catholicos de todos los armenios, han renovado así el abrazo y la oración común compartidos hace dos años, en junio de 2016, con ocasión de la visita del Pontífice en Armenia. Con ellos estaba también el catholicos de la Iglesia armenia apostólica de Cilicia, Aram I, el patriarca católico Grégoire Pierre XX Ghabroyan, de Cilicia de los Armenios, y el presidente de la República de Armenia, Serzh Sargsyan.

 

El verdadero “ceremoniero” de este encuentro fue san Gregorio de Narek, poeta, monje, místico y teólogo del siglo X, figura fundamental en la cultura y el universo espiritual armenio, auténtico puente entre oriente y occidente, voz de un ecumenismo que tiene sus raíces en los siglos. El Papa Francisco, durante la visita del 2016, definió su Libro de las Lamentaciones como la «constitución espiritual» del pueblo y habló de él como «doctor de la paz» citando extractos de su obra, como el pasaje en el que escribía: «Acuérdate, Señor, de los que en la estirpe humana son nuestros enemigos, pero por su bien: cumple en ellos perdón y misericordia. No exterminar a aquellos que me muerden: ¡transfórmalos! Extirpa la viciosa conducta terrena y enraíza la buena en mí y en ellos». Y en la misa celebrada en Gyumri definió al santo poeta – que el mismo Francisco ha incluido entre los doctores de la Iglesia universal el 12 de abril de 2015 — como «gran heraldo de la misericordia divina». En esa ocasión, el 25 de junio de 2016, el Papa pasó entre la multitud para saludar la comunidad católica local a bordo del jeep queriendo junto a sí a Karekin II para lanzar un concreto y visible mensaje de diálogo, de paz y fraternidad.

 

Fue precisamente en ese viaje, durante la visita de cortesía al palacio presidencial de Yerevan, que el presidente de la República Sargsyan, donando al Pontífice una pequeña estatua de san Gregorio de Narek, deseó que la imagen del místico pudiera un día encontrar lugar también en el Vaticano. La obra, en bronce, ha sido colocada en los Jardines vaticanos, detrás de la basílica, entre la estación y el edificio del tribunal, a lo largo de la calle que desemboca en la plaza de Casa Santa Marta. El autor es David Erevantsi, artista de Ereván comprometido en la preservación de las tradiciones armenias en todo el mundo. Fue realizada completamente en bronce en una fundición de la República Checa. «Que esta estatua de san Gregorio de Narek sea bendecida y santificada por el signo de la santa Cruz y del santo Evangelio y de la gracia de este día» puntuó solemnemente el Papa Francisco recitando la fórmula de bendición durante la ceremonia que se ha convertido en ocasión para un breve momento de oración común.

 

El Pontífice llegó a las 12.20 junto al arzobispo Georg Gänswein, prefecto de la Casa Pontificia. Junto al Papa en la plataforma colocada frente a la estatua todavía velada estaban, además de Karekin II, Aram I y Grégoire Pierre XX Ghabroyan, los cardenales Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, y Kurt Koch, presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos. Al lado, el presidente armenio Sargsyan.

 

Entre los presentes, además de las delegaciones de los patriarcas, estaban también el cardenal Giuseppe Bertello, presidente de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, el arzobispo Raphael Minassian, ordinario para los armenios católicos de la Europa oriental, el obispo Brian Farrell, secretario del Pontificio consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, el embajador armenio ante la Santa Sede, Mikayel Minasyan, y el rector del Pontificio colegio armenio, padre Nareg Naamo.

 

Encargado de abrir el rito – dirigido por el maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, monseñor Guido Marini, asistido por el ceremoniero Ján Dubina — fue el Papa Francisco con el signo de la cruz. Así, siete seminaristas del Pontificio colegio armenio entonaron un himno dedicado a los santos traductores y doctores de la Iglesia. Después de la lectura en inglés del pasaje del Evangelio de Juan (15, 9-17) en el cual Jesús, durante la Última cena, confía a los apóstoles el mandamiento del amor: «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros», fue recitada, en inglés, una oración de san Gregorio tomada del Libro de las Lamentaciones. He aquí el texto de gran profundidad teológica y belleza poética: «Señor, el fuego es para ti como rocío que refresca, y la lluvia que incendia. Eres poderoso para configurar la piedra como forma que inspira, y erigir lo racional como estatua que no habla y no respira. Tú haces digno de honor al deudor desalentado, y quien es considerado puro, Tú escudriñándolo juzgas en el derecho. Quien está cerca de la muerte, Tú lo descartas en la delicia de los bienes, y el desvergonzado, lo haces reentrar después de haberles ungido de alegría el rostro. Enderezas a quien está condenado al precipicio de las pruebas, y quien a está tambaleando, lo estableces en la solidez de la roca».

 

Al finalizar, el embajador Minasyan descubrió la estatua para la bendición dada por el Papa Francisco.

 

Inmediatamente después, fueron Aram I, Ghabroyan y Karekin II los que sucedieron en las oraciones de intercesión por la paz. El rito concluyó con la oración común del Padrenuestro y con un abrazo fraterno.