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Diálogo Inter-religioso: La Unidad en la Diversidad

Por Jorge R. Enriquez, Consejero de la Magistratura de la CABA.

DIÁLOGO INTER-RELIGIOSO: LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

 

Las grandes religiones monoteístas son mucho más que respuestas a las inevitables preguntas por el destino de los seres humanos. Representan hondas tradiciones culturales y de valores que subyacen a nuestros sistemas de creencias. Aún quienes no son practicantes de una determinada religión, aún los agnósticos y ateos, probablemente mantienen posturas éticas y políticas que encuentran su raíz última en las tradiciones  religiosas.

 

En Los Hermanos Karamazov, Fiodor Dostoyevski le hace decir a uno de los protagonistas una frase que puede  resumirse así: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Es que la existencia de Dios –o, para decirlo de otro modo, la existencia de una dimensión sobrenatural y trascendente- es un presupuesto que da sentido y fija límites a nuestras decisiones en temas éticos. También, por cierto, en las cuestiones atinentes a la justicia, cuya vinculación con la ética y la moral sólo podría ser desconocida desde una cerrada y anacrónica visión positivista.

 

De ahí que exista un fondo común de principios y valores en todas las religiones, y muy especialmente en las tres grandes religiones monoteístas, cristiana, judía y musulmana, que conforman el basamento cultural de nuestras sociedades.

 

Durante muchos siglos, estas religiones se enfrentaron. Pusieron el acento en sus diferencias y dejaron en la penumbra lo esencial, que era el profundo acuerdo que tenían en temas básicos, que se relacionan con lo medular de la condición humana.

 

Por suerte, desde hace años caminamos en el sentido contrario. Allí donde hubo recelos y enfrentamientos, hay diálogo y concordia. Todos hemos aprendido que las diferencias no nos separan, sino que nos enriquecen. No nos excluyen, nos completan. Por tal motivo, debemos ser – en la estricta acepción etimológica que rescató Aldous Huxley - pontífices, es decir, constructores de puentes.

 

El diálogo interreligioso es, en ese marco, imprescindible. En la Argentina desde hace ya más de una década ha encontrado su más cabal expresión a partir de la feliz iniciativa que tuvieron hace ya más de una década el presbítero Guillermo Marcó, el rabino Daniel Goldman y el profesor Omar Abboud, al crear el Instituto del Diálogo Interreligioso.

 

Esa construcción mancomunada no debe limitarse a las autoridades de los diferentes credos, sino que debe ser llevado a cabo por todas las personas de buena voluntad.  Fortalecer esa cultura del encuentro es, sin dudas, el primer deber de esta hora. Esta tarea es mucho más importante que la adopción de políticas públicas específicas. El mundo está lleno de grandes técnicos, economistas, sociólogos, politólogos. No sería difícil superar en un tiempo bastante breve los graves problemas que acucian a millones de seres humanos.

 

¿Por qué no se logra ese objetivo? ¿Por qué hay vastas zonas del orbe plagadas de guerras fratricidas? Porque falta el elemento fundamental que impida la irrupción de esos flagelos. No lo encontraremos en la tecnología, por avanzada que sea, sino en una indagación  profunda de nosotros mismos. Cuando advirtamos que no hay diferencias esenciales entre los otros y nosotros, cuando podamos romper el velo de la hostilidad recíproca, todo lo demás vendrá por añadidura.

 

“Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno”, dice un personaje de Terencio, el gran dramaturgo latino. Es decir, como soy un ser humano siento las mismas cosas que mis congéneres. Las divergencias son anecdóticas, de formas, de estilos. Nuestra identidad es común, como común es nuestro destino. Es mucho más fácil promover ese acercamiento cuando se parte de la premisa de la trascendencia porque se ve claramente que, para usar la vieja imagen, todos estamos en el mismo barco.

 

Francisco, ya desde sus tiempos de obispo en la ciudad de Buenos Aires, trabajó en ese sentido. Él hablaba de la projimidad, un neologismo que acuñó para definir una forma de relación entre los seres humanos que supera a la solidaridad. Yo puedo ser solidario realizando actos exteriores que beneficien a un semejante, pero es necesario ir más allá y ponernos en el lugar de ese semejante, sentir a ese prójimo como si fuéramos nosotros.

 

La unidad en la diversidad es la clave. No se trata de uniformar, lo que es propio de concepciones totalitarias, sino de unir desde la diversidad en el plano superior de la dignidad humana.

 

Tal es el sentido último del diálogo interreligioso. Para quienes lo estamos encarnando, es imposible traducirlo en palabras precisas, porque la comunión espiritual que experimentamos es inefable. Sólo podemos decir que es un hermoso desafío, sin dudas el más apasionante que hemos encarado en nuestras vidas.

 

Jorge R. Enríquez.

Consejero de la Magistratura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.