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Diálogo Interreligioso: un ejemplo a seguir

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2016.

La convivencia de cristianos, judíos y musulmanes que distingue a la Argentina debería servirnos para superar otras clases de desencuentros e inquinas.

Editorial La Nación.

La ausencia en algunos argentinos de juicio crítico suficiente sobre las desventuras del país en no menos de siete décadas podría cubrirse con provecho si fuéramos capaces de asimilar una de las notables experiencias de humanismo que se han desarrollado en este mismo contexto nacional. A fin de enfocar desde otra perspectiva ese fenómeno casi único en el mundo, deberá decirse que Buenos Aires es, en más de un sentido, un centro de útil observación para los diplomáticos extranjeros. Aquí se escenifica, en efecto, un encuentro permanente, en diálogo y manifestaciones de tolerancia, de religiones mayoritarias en el mundo: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo.

La organización constitucional argentina de 1853/60, realizada sobre las bases alberdianas, en cuyo programa "poblar" equivalía a "gobernar", determinó un principio de igualdad insoslayable entre ciudadanos y extranjeros, sin relegar etnia alguna en ese derecho.

 

Cuando el país cae en incumplimientos como el de ese compromiso constitucional es porque sobrelleva problemas de gravedad. Uno de ellos es el del número de individuos que se arrogan derechos absolutos, como lo es en principio el de manifestarse libremente, en perjuicio de terceros. Penosos testimonios de los que dan cuenta a diario movilizaciones de personas que cortan rutas y calles, impiden el tránsito y el comercio libres, y que más que pedir trabajo, apelan a formas permanentes de subsidios. O sea, la confesión de que quienes los orientan pretenden prolongar indefinidamente la condición de prisioneros de un Estado de exuberancia patrimonialista y escasa o nula eficiencia en la aplicación de las normas de una república. Ninguna ley explica mejor la razón de ser del Estado que la proteger la seguridad física de los habitantes y las otras garantías individuales que los asisten.

Los actos de violencia larvada y de disputa al Estado del uso coactivo de la fuerza se enseñorean a diario sin resistencias legales que se les opongan en las grandes y medianas urbes del país. He ahí, en la urdimbre de ese cuadro, la contrafigura de aquel paciente entramado de las principales religiones monoteístas en la Argentina. Consiste en invocar de manera cotidiana los valores del diálogo, la tolerancia, la paz entre los argentinos, y de trabajar por ellos.

 

Paradójicamente, llamamos, por un lado, la atención del mundo a raíz de la crispación en la que eternizan sus acciones muchos de los actores políticos y de los movimientos sociales de protesta callera, y por el otro, asombramos por un fenómeno único, como lo es el diálogo interreligioso, que comenzó hace muchos años por el ecumenismo dentro de la Iglesia Católica, y desde ésta, hacia otras expresiones nacidas en el cristianismo.: ortodoxos, bautistas, evangélicos.

 

En 2005, el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, firmó, con representantes de diversas creencias, una declaración de rechazo del fundamentalismo, no sólo en el Islam sino en todas las religiones. También protestaban por la degradación del lenguaje y de los contenidos "denigratorios de la condición humana" en la televisión argentina. Más de diez años después podrían reiterar esas preocupaciones. Nada ha ocurrido desde entonces para atenuarlas, y hasta podrían recordar, una vez más, que los crímenes son cometidos por personas, no por religiones.

 

La convivencia en la Argentina de católicos, judíos y musulmanes prueba la capacidad de tolerancia que puede acuñarse en el país. Cabe reflexionar en estas fiestas sobre esa lección, mientras pesa sobre todos la necesidad de despejar una atmósfera de desencuentros e inquinas abiertas contra el orden legal como las que han determinado recientemente la adopción de reaseguros especiales en áreas del Gran Buenos Aires.

 

Por lenguaje y modales, pocos han sobresalido más, en la siempre condenable incitación a la violencia, que algunos voceros de calle de la extrema izquierda y del kirchnerismo. Entre estos, desde luego, figuran quienes han industrializado, con vistas a la promoción de controvertidos intereses personales, los derechos humanos contemplados desde hace más de medio siglo por la Constitución Nacional.

 

Siempre es útil, por eso, recordar el texto de la oración ecuménica que se ha creado para acompañar, en nuestro país, los encuentros entre los diferentes credos: "Buen Dios, concédenos renovar nuestra mente y nuestro corazón dando testimonio de tu presencia a través de nuestras acciones. Que seamos todo lo que exigimos que los demás sean para nosotros. Que cuando me falten fuerzas, pueda encontrar el entusiasmo y la alegría siendo útil a mi familia, a mi comunidad, a mi pueblo y a mi país, y así se dignifique nuestra vida. Que tengamos presente que cambias la situación de un pueblo sólo cuando éste se cambia a sí mismo."