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Los silencios de la prensa cuando las víctimas son musulmanes

Buenos Aires, 2 de junio de 2017.

Autor: Ángel Álvarez Hernández

La realidad es que el terrorismo no forma parte del islam.

La prensa occidental no deja de enterrar en el olvido los cadáveres de musulmanes. Los atentados terroristas de DAESH solo son noticia relevante cuando se cometen en occidente. Si el atentado es en Oriente Medio, la prensa occidental apenas hace una reseña de los hechos. Los grandes medios de comunicación y las grandes Agencias de Información internacionales, no han dejado de confundir e incluso identificar al terrorismo como el islam, llamándolo radical, islamista, integrista o extremista. La realidad es que el terrorismo no forma parte del islam, y los criminales que lo practican vulneran constantemente los dichos del Profeta, (PyB) y el Sagrado Corán, (que la mayoría de los periodistas no se molestan ni en conocer). Nada hay más contrario a la sharia y a la yihad que un terrorista suicida.  No existe una guerra entre occidente y oriente, ni entre islam y cristianismo. Una guerra así seria una creación artificial y el paraíso para los traficantes de armas y las entidades financieras más sucias, tal y como el Papa Francisco denunció en Sarajevo, cuando declaró:

 

“Quien habla de paz y favorece la guerra (…) es un hipócrita”

 

Es necesario que los medios de comunicación visibilicen a los musulmanes que condenan el terrorismo y se oponen al mismo jugándose su propia vida. Algo que no se hace, salvo poner alguna declaración de manera fugaz.

 

Para la prensa española apenas es noticia la islamofobia. De esta manera, al no visibilizarse la islamofobia parece que no existiera. Si el ciudadano medio no ve los incidentes islamófobos que sufre la comunidad musulmana y solo ve los atentados terroristas que se realizan en su nombre, por fanáticos y delincuentes, es lógico que se sienta amenazado.

 

El asesinato en Portland de dos hombres que intentaron apaciguar a un supremacista blanco que estaba insultando a dos chicas musulmanas, (una de ellas con hiyab), ha pasado casi desapercibido en la prensa española y europea. También ha pasado casi desapercibida la condena a tres años de prisión del agresor islamófobo que pateó el vientre a una mujer musulmana embarazada que perdió a sus gemelos. Los atentados terroristas en Turquía, Siria o cualquier otra parte de Oriente Medio se ofrecen como algo trágico y rutinario.

 

La prensa apenas se hizo eco cuando un grupo terrorista asesinó a 68 niños y mujeres que viajan en autobuses en un intercambio de civiles en Siria. El asesinato por un terrorista suicida de 22 niños y adolescentes ha vertido ríos de tinta y horas en los medios de comunicación de masas. Todas las victimas deberían ser tratadas igual, pero al no hacerse esto, se esta cayendo en un agravio comparativo muy lamentable.

 

Esta política mediática está fomentando la islamofobia y dando una visión distorsionada del islam y los musulmanes. No podemos referirnos a los periodistas que publican noticias sobre terrorismo como desconocedores del islam (y de la forma de actual de los terroristas) cuando llevan décadas escribiendo sobre este problema.

 

En los grandes medios de comunicación aparece el dolor que generan los terroristas en occidente, las vidas que han destrozado y el sufrimiento, pero jamás, casi nunca, aparecen los enormes beneficios que generan los actos terroristas en las ventas de armas, ni una explicación lógica que aclare cómo es posible que el mal llamado Estado Islámico no haya desaparecido después de estar siendo bombardeado, “teóricamente”, por Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña y Francia, cuatro de los cinco ejércitos más fuertes del mundo. Tampoco se investiga a quién venden los terroristas el petróleo que controlan o cómo realizan la compra de armas. Desconocemos los nombres de quienes se benefician económicamente de sus crímenes.

 

Si nos fijamos en los autores de los atentados terroristas en occidente podemos constatar que son delincuentes, fanáticos con trastornos mentales o militares neonazis que quieren fomentar la islamofobia y la xenofobia contra los refugiados de países de mayoría musulmana. El padre de Salman Abedi (el terrorista suicida de Manchester que rezaba a voces en la calle), según la web voltairenet.org , era un ex agente libio captado por el MI6 (británico), que intentó atentar contra Gadafi y participó en la creación del Grupo Islámico Combatiente en Libia (GICL), franquicia de al-Qaeda, junto a Abdelhakim Belhadj, actual “Emir de Trípoli”, quien colaboró con la OTAN en la Guerra de Libia entre febrero y octubre del 2.011, que acabó con la destrucción del país con mayor desarrollo humano de África. Actualmente, Libia es un estado fallido desgarrado entre diferentes gobiernos y milicias que se reparten a tiros el territorio y las “zonas petroleras”.

 

Estamos ante un juego criminal, donde los medios de comunicación, no están haciendo su función. Estamos ante un escenario de guerra de cuarta generación donde no existen enfrentamientos directos entre países occidentales o potencias desarrolladas sino que, en la sombra, éstas apoyan los intereses económicos de corporaciones financieras que se centran en el control de negocios como el petróleo, la venta de armas y las drogas. Esta guerra de cuarta generación, entre otros elementos, se caracteriza por ser:

 

a) Una guerra asimétrica, que se desarrolla a través de grupos terroristas, que desestabilizan países atacando concentraciones civiles, como cines, espectáculos musicales, supermercados o zonas turísticas de gran afluencia. Ejemplo de esto son los atentados de Manchester o Madrid.

 

b) De baja intensidad, que se desarrolla a través de la utilización de elementos políticos, sociales, económicos y psicológicos, que incluyen desde las presiones diplomáticas y económicas o las operaciones psicosociales, hasta el terrorismo y la insurgencia con objetivos selectivos. Ejemplo de ésta son las sanciones económicas a Corea del Norte o diplomáticas a países como Irán o Rusia.

 

c) Sucia,  con intervención del ejército, o grupos paramilitares  contra grupos políticos disidentes y opositores en un país determinado. Ejemplo de esto fue el exterminio de toda la clase intelectual o dirigente en Afganistán, o el asesinato de sindicalistas o periodistas en México o Colombia.

 

d) Aplicación del terrorismo de Estado, con atentados selectivos contra dirigentes de organizaciones políticas o sociales. Ejemplo conocido son los casos de Palestina.

 

e) La creación  de grupos fanáticos o sectas donde se utiliza el lavado de cerebro y en las que es esencial la  propaganda y la manipulación a través de las redes sociales. Páginas web, blog o videos, que son editados, y en los que aparecen crímenes, acciones militares o escenas que son recreadas en platós dedicados a filmar escenas que son difundidas por la redes sociales.

 

En esta guerra de cuarta generación la información juega un papel fundamental, y los medios de comunicación dan la impresión de no ejercer su labor independiente de denuncia social.

 

Fuente: WebIslam